Introducción
El cáncer de mama continúa siendo un problema de salud en México, afectando a 24 de cada 100 mujeres de 20 años y más, que cursan con tumores malignos(1). La detección temprana es importante para la pronta instauración de medidas terapéuticas, sin embargo de acuerdo a datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición 2012 (ENSANUT 2012) sólo 15% de las mujeres entre 40 y 49 años y 26% de aquellas entre 50 y 69 años acudió a realizarse una mastografía durante dicho año(2).
En una paciente con cáncer de mama, la estadificación inicial es esencial para determinar el tratamiento y evaluar el pronóstico; la misma se lleva a cabo a través de la clínica y la detección de ganglio centinela por medio de gammagrafía (mapeo linfático) para la determinación de involucro microscópico(3). En cuanto a las metástasis a distancia, el esqueleto es el sitio más frecuentemente involucrado; para la detección de dichas metástasis el gammagrama óseo se considera el método más sensible. Las guías de la National Comprehensive Cancer Network (NCCN 2015) lo señalan como el primer estudio de extensión en el caso de cáncer de mama invasivo, reservando la indicación de PET-CT (Positron Emission Tomography) con 18F-FDG (Fluor-Desoxiglucosa) para estadios avanzados (etapa clínica IIIA)(3,4). Sin embargo, lesiones puramente líticas o metástasis confinadas a la médula ósea pueden ser difíciles de detectar por medio de gammagrafía ósea debido a falta de una respuesta osteoblástica suficiente.
Existe escasa bibliografía que haga referencia a la correlación entre ambos estudios (gammagrafía ósea y PET-CT con 18F-FDG) y en México no hay antecedentes al respecto. El objetivo de este trabajo es establecer la relación existente entre dichos métodos para la evaluación de metástasis óseas en pacientes con cáncer de mama, evaluar las ventajas de utilizar una u otra técnica y sus desventajas en base a un análisis por lesión, en pacientes con historia de cáncer de mama metastásico.